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viernes, 28 de enero de 2011
Cuando aparece ese pensamiento, que es como la primer piedra que provoca una avalancha, luego del ofuscamiento inicial. te das cuenta de que es tarde. Intentás pararlo de cualquier forma: pensando en otra cosa, escuchando música, hablando con una persona, no pensando. Pero es imposible. El daño ya está hecho. Empieza con una tonta pregunta, una palabra insignificante, o un recuerdo inquebrantable y no para hasta ocupar todas y cada una de las partes de tu cerebro torturándote con su inamovible intensidad. Cuando llega ese momento lo único que se puede hacer es dejarlo estar. Permitirle alcanzar cada fibra de nuestro cuerpo y que descargue toda su fuerza inicial, porque si intentamos frenarlo va a regresar con su brutalidad potenciada.
jueves, 27 de enero de 2011
Ser y parecer.
Es tan fácil parecer y tan difícil ser.
Podemos aparentar pensar
Podemos querer creer
Pero cuando queremos cambiar
No podemos.
Hacemos creer a las personas que somos
lo que no somos,
que sentimos
lo que queremos sentir.
Para parecer perfectos
Mientras intentamos manejar
nuestros impulsos.
Porque para ser perfectos
hay que ser controlado
hay que estar a la moda
hay que rimar en las poesías
hay que afinar al cantar
Si no lo sos, pobre de vos.
Si tus sentimientos van en contra de lo que te enseñaron
descartalos, olvidalos.
Si tu poesía no rima
no la escribas, no la muestres.
Si no afinás
no cantes.
¿Qué clase de vida llevamos?
Una vida en la que el mayor pecado
es ser uno mismo.
Una vida cobarde,
en la que no nos afrontamos,
no nos aceptamos a nosotros mismos.
Una vida en la que somos sólo el reflejo
de lo que creemos que deberíamos ser,
y no lo que realmente somos,
que es lo que en sí deberíamos ser.
No somos, parecemos.
El día que empecemos a cuestionar
lo que consideramos incuestionable
vamos a empezar a pensar.
Y vamos a poder ser.
Peces
A principios de primavera, tras el primer deshielo, me dirijo hacia las cascadas, donde hay una escalera para peces, y cada día trabajo como voluntario para registrar el regreso del salmón a la cuenca del río Connecticut. Esto me exige observar cómo infinitos litros de agua fluyen por la presa, y ver de vez en cuando cómo un pez remonta la corriente, impulsado por un potente instinto de volver a su lugar de nacimiento, donde, en el mayor misterio, desovará a su vez y morirá. Admiro al samón porque comprendo lo que significa ser empujado por fuerzas que los demás no pueden ver, sentir ni oír, y percibir la obligación de un deber más importante que uno mismo. Son peces psicóticos. Tras años de recorrer tan felices el ancho océano, oyen una voz interior que los impele a iniciar este viaje imposible hacia su propia muerte. Perfecto. Me gusta pensar que los salmones están tan locos como yo antes. Cuando veo uno, hago una anotación a lápiz en un formulario que me proporciona la Wildlife Service estatal y a veces susurro un saludo: "Hola, hermano. Bienvenido a la sociedad de los locos".
John Katzenbach - La Historia del Loco.
John Katzenbach - La Historia del Loco.
viernes, 21 de enero de 2011
Aquél día había comido con una amiga que acababa de divorciarse, y me decía: "Ahora tengo toda la libertad con la que siempre he soñado." ¡Es mentira! Nadie quiere ese tipo de libertad, todos nosotros queremos un compromiso, una persona que esté a nuestro lado para ver las bellezas de Ginebra, discutir sobre libros, entrevistas, películas o compartir un sándwich porque el dinero no da para comprar dos. Mejor comer la mitad de uno que comerlo entero. Mejor ser interrumpido por el marido que desea volver pronto a casa porque hay un importante partido de fútbol en la televisión, o por la mujer que se detiene delante de un escaparate e interrumpe el comentario sobre la torre de la catedral, que tener Ginebra entera para uno mismo, todo el tiempo y el sosiego del mundo para visitarla.
Es mejor tener hambre que estar solo. Porque cuando estás solo, y no hablo de la soledad que escogemos, sino de la que nos vemos obligados a aceptar, es como si ya no formases parte de la raza humana.
[...] Cuento todo eso porque, aunque el Eclesiastés diga que hay tiempo de romper y tiempo de coser, a veces el tiempo de romper deja cicatrices muy profundas. Peor que caminar solo y miserable por Ginebra, es tener a alguien a nuestro lado y hacer que esa persona se sienta como si no tuviese la menor importancia en nuestra vida.
Paulo Coelho - El Zahir.
Y creer que estás solo cuando tenés a alguien al lado que estuvo siempre junto a vos es incuso peor, porque no sólo te amargas innecesariamente, sino que desprecias todo lo que hizo esa persona por vos, sin darle importancia. Creo que jugué ambos papeles y cuando caés en la cuenta de lo que está pasando se viene todo abajo. Tiempos de romper he pasado mucho y creo que algunos todavía no terminaron de coserse, quizás se termine, quizás no. Pero siempre quedan las marcas y es de eso de donde tenemos que aprender. No se puede pretender estar inmaculado, completamente limpio, sin marcas y sin haber marcado a alguien, pero queda en cada uno qué hacer con esas marcas. No se llega a ningún lado con lamentaciones. Llega un punto en el que hay que dejarla estar, en algún momento va a disminuir, y eso nos va a ayudar a evitar que nos vuelva a suceder si es que sabemos interpretarlas.
domingo, 16 de enero de 2011
Reglas.
Hoy he estado en una estación de tren, y he descubierto que la distancia que separa los raíles es de 143,5 centímetros o 4 pies y 8,5 pulgadas. ¿Por qué esta medida tan absurda? Le pedí a mi novia que descubriera la razón y he aquí el resultado:
Porque, al principio, cuando construyeron los primeros vagones de tren, usaron las mismas herramientas que se utilizaban para la construcción de carruajes.
¿Por qué los carruajes tenían esa distancia entre las ruedas? Porque las antiguas carreteras se hicieron con esa medida, ya que sólo así podían circular los carruajes.
¿Quién decidió que las carreteras debían hacerse con esa medida? Y he aquí que, de repente, llegamos a un pasado muy distante: los romanos, primeros grandes constructores de carreteras, lo decidieron. ¿Por qué razón? Los carros de guerra eran conducidos por caballos, y al ponerlos uno al lado del otro, los animales de raza que usaban en aquella época ocupaban 143,5 centímetros.
De esta manera, la distancia entre los raíles que he visto hoy, usados por nuestro modernísimo tren de alta velocidad, fue determinada por los romanos. Cuando los emigrantes fueron a Estados Unidos a construir ferrocarriles, no se preguntaron si sería mejor cambiar el ancho, y siguieron con el mismo patrón. Esto llegó a afectar incluso a la construcción de los transbordadores espaciales: los ingenieros norteamericanos creían que los tanques de combustible debían ser más grandes, pero eran fabricados en Utah, había que transportarlos en tren hasta el Centro Espacial de Florida y no cabían en los túneles. Conclusión: tuvieron que resignarse a lo que los romanos habían decidido como medida ideal.
¿Y qué tiene eso que ver con el matrimonio? [...]
Tiene mucho que ver con el matrimonio y con las dos historias que acabamos de escuchar. En un momento dado de la historia, apareció alguien y dijo: cuando nos casamos, las dos personas deben permanecer congeladas el resto de su vida. Caminaréis el uno al lado del otro como dos raíles, obedeciendo ese exacto patrón. Aunque alguno de los dos necesite estar un poco más lejos o un poco más cerca, eso va contra las reglas. Las reglas dicen: sed sensatos, pensad en el futuro, en los hijos. Ya no podéis cambiar, debéis ser como los raíles: la distancia entre ellos es la misma en la estación de partida, en medio del camino o en la estación de destino. No dejéis que el amor cambie, ni que crezca al principio, ni que disminuya en el medio; es arriesgadísimo. Así pues, pasado el entusiasmo de los primeros años, mantened siempre la misma distancia, la misma solidez, la misma funcionalidad. Servís para que el tren de la supervivencia de la especie siga hacia el futuro: vuestros hijos sólo serán felices si permanecéis como siempre habéis estado: a 143, 5 centímetros de distancia el uno del otro. Si no estáis contentos con algo que nunca cambia, pensado en ellos, en los niños que habéis traido al mundo.
Pensad en los vecinos. Demostrad que sois felices, que hacéis churrasco los domingos, que veis la televisión, que ayudáis en la comunidad. Pensad en la sociedad: vestíos de modo que todos sepan que entre vosotros no hay conflictos. No miréis a los lados, alguien puede estar viéndoos, y eso es una tentación, puede significar divorcio, crisis, depresión...
Soreid en las fotos. Poned fotografías en la sala para que todos las vean. Cortad la hierba, haced deporte, para poder permanecer congelados en el tiempo. Cuando el deporte ya no mejore vuestro aspecto, hacéos cirugía plástica. Pero no lo olvidéis nunca: estas reglas se establecieron en algún momento y hay que respetarlas. ¿Quién estableció las reglas? Eso no tiene importancia, no os hagáis jamás ese tipo de preguntas, porque serán válidas siempre, aunque no estéis de acuerdo con ellas.
Paulo Coelho - El Zahir.
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