De repente la oscuridad desapareció. ¿Dónde estoy? Nadie sabe ¿Quién soy? Ya no soy nadie. Moví los ojos que casi había olvidado que tenía intentando entender. ¿Acaso estaban llevándome a mi casa después de tanto tiempo? Dios, no sé hace cuánto estoy en esta situación, pero definitivamente es demasiado. Entreveo una ventana, sólo se ve el azul del cielo impregnado del blanco de unas nubes que no pronosticaban lluvia. No logro escuchar más que un sonido atronador constante, nunca lo había oído antes. De todas formas ya no me sorprende, en el último tiempo -Dios, ¿Cuánto tiempo será?- pasé por cosas que nunca había soñado que iba a pasar y que realmente espero no volver a hacerlo.
Mis sentidos están embotados, no me puedo mover, no entiendo nada, siento que no tengo el control sobre mi cuerpo. Intento mirar por la ventana una vez más. Hay un pájaro volando muy a lo lejos, evidentemente estamos a una gran altura. Ah, cómo envidio a ese minúsculo, prescindible y olvidable animal. No debe tener ideas de lo que es no ser dueño de tus movimientos, de tu tiempo, de tu ser. Sólo siente esa falta de gravedad, la ligereza y la libertad de estar suspendido por encima de todos y observar con ojo crítico sin inmiscuirse en asuntos que no le incumben, sin preocupaciones, excepto sobrevivir, volar, (¡Eh! se despertó) sentir sólo el aire a su alrededor (acomodale la venda, que no mire), no cometer los errores que cometí yo, (¡Dale! apurate) no pensar distinto de lo que debería pensar.
Luego, oscuridad, ya una vieja conocida. Fue la única compañera que no me abandonó en todos estos momentos que pasé. Una condena y una bendición, una gran dicotomía. Me permitía resguardarme de ciertas cosas que era preferible no observar, pero también promovía el despliegue de mi mente y, en situaciones como las que viví -o sobreviví- lo que menos necesitaba era pensar. Habría sido mejor tener la cabeza en blanco.
Mi cuerpo se eleva (Uh, este está pesado), pero no como yo había deseado al observar al ave, sino más sujeto a las leyes gravitacionales, siento manos que me sostienen. Quiero resistirme pero no puedo, no tengo la fuerza suficiente. El ruido aumenta, siento viento que se arremolina alrededor mío. Gracias, hacía tiempo que no sentía una brisa fresca.
(Ahí vas, otro más) De repente los brazos desaparecen. ¡Sí!¡Estoy sintiendo eso que tanto deseé hace tan sólo unos minutos!¿Lo habré dicho en voz alta y ellos me escucharon queriendo recompensarme por todo lo que me habían hecho pasar? No lo sé. Simplemente estoy agradecido. No siento la gravedad, estoy ligero pero en constante movimiento, estoy por encima de todos, lo sé aunque no lo pueda ver. No tengo nada bajo mis pies, nada a los costados, nada en ningún lado. Sólo somos el aire y yo.
Intento extender mis brazos, después de todos así es como lo hacen los pájaros, ¿no? y si yo no era nada, como me enseñaron a creer desde hace un tiempo, podía tomar cualquier forma, cualquier personalidad. Pero no puedo. Tengo las manos atadas. No es importante. Lo único de lo que no dudo es que toda esta tortura está llegando a su fin. Disfruto de esta sensación de no depender de nada.
Si pudiera mover mi cuerpo extendería mis extremidades y los relajaría para que se movieran como se les antoje en esta última caída.
Y súbitamente vuelve la oscuridad, lo cual es raro porque ya estaba a oscuras, pero esto es una negrura distinta. De todas formas la oscuridad fue mi única compañera en este último tiempo -Dios, ¿Cuánto tiempo será?-, la que no me abandonó. Mi condena y mi bendición. Mi gran dicotomía. ¿Quién mejor que la oscuridad para estar junto a mí desde hoy para siempre? ¿Quién mejor para liberarme de todo lo que tuve que pasar por tener ideas distintas?
Sólo espero que en algún momento, alguien me recuerde, por lo menos como una simple figura que sintió lo que sienten las aves al caer desde un avión hasta el mar.
Se me hace la imagen de la paloma en el VideoClip de Save Me :)
ResponderEliminar